16/4/26

La cuerda difícil de asir

Para mí, sentir se trató de imaginar de repente, que en todo el curso de la historia del planeta, apareció una persona: cabello castaño, rostro pálido y lentes para miopía, que se hizo un portal y trampolín a una calidad de verdad vitalmente ancestral. Que por eones se ha transmitido como el hilo de Ariadna en medio del laberinto de vivir un presente empapado para el caos y lleno de contingencia. 

Y cuando dejé de asir tu hilo, el hilo, de pronto mi intimidad, la forma esencial de mi espíritu y mi cosmos, parece solo andar en un estado pequeño y desértico. Con el ritmo de una canción de soledad ontológica que solo puede transmitirse como regolito lunar, llenos de polvo, rocas, minerales más iones solares milenarios. Y es pegajosa, aspera, algo diabólica para entrar en los huecos imposibles de mis atuendos y mis poros.

Es de mañana para bailar, empobrecidos y enriquecidos, donde el óxido del que todos hablan es un techo que solo es un techo. Donde las direcciones cambian por una línea dorada, que marcará amigos y enemigos, para comprender que nadie estará más separado que nosotros. 

Una progresión, tú con mi verdad ancestral en tus ojos miopes, estás lejos, tanto que solo puedo verte en sueños. Yo también, cuando despierto ando escapando de multitudes. El techo quizá ya no está bien y debamos de vender nuestro pasado. Porque hay relaciones como la que vivimos que cambian completamente la forma profunda que conocemos la realidad, y ya pasamos el estado donde perdimos esa perspectiva. El hilo se transformó en cuerda, nosotros de íntimos amantes, a sombras de sueños.

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