Una mariposa una tarde soñó que era humana.
Ese jardín dejó de ser su hogar, sus alas eran manos y pies, y tenía caderas, pechos y ombligo.
Ese jardín dejó de ser su hogar, sus alas eran manos y pies, y tenía caderas, pechos y ombligo.
En ese estado, la mariposa supo que la identidad no era fija, que el movimiento de sus alas podían dibujar y esculpir, ya no solo aire, sino también con papel y arcilla.
La mariposa, que solo había dicho de sí, soy hedonista, empezó a fundar una epistemología de la incertidumbre.
Los límites no existían.
Es solo una palabra para encerrar la seguridad en jaulas de evasión y miedo.
Y disueltas las barreras entre objeto y sujeto, la realidad se hizo un flujo de transformación.
Como humana, la mariposa, soñó que era una supernova.
Pero era parte de una supernova de chicas, un trio de adolescentes chilenas, cantando a malas amigas y amores pop, y con eso la música se volvió una nueva divinidad.
Para crear realidad de significados, para crear mapas con los deseos y los pensamientos. En conciertos, y cassettes que adolescentes de secundaria grabarían para memorizar y cantar.
Y como una supernova pop, soñó nuevamente que era mariposa.
Pero en este nuevo estado, su deseo se volvió protección, que temprano con las luces de la mañana irradiaba una responsabilidad sobre sus actos y palabras.
Establecía entonces, como mariposa, una comunión con el caos y la mortalidad. Ahora buscaba el placer interior, que le daba la experiencia de haber sido muchas, con muchos sueños.
Y por tanto un universo contenido entre alas de mariposa.
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