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1/1/24

Ahora



Estar en el aeropuerto el primero de enero es peculiar, las calles han estado libres al recorrerlas, el silencio de una mañana pausada del ritmo capitalista con trinos de pájaros en los árboles. Sumados a mi anhelo de huida porque la desazón me mueve lejos de esta ciudad, algo se siente que no cuaja en mi bienestar por lo que quiero buscar un amplio horizonte. Le dije a V. por textos digitales que me alegra ver su foto de un luminoso horizonte para que las estrellas vayan de su lado. Ella responde con cariño y amistad agradable. Y me recuerda que espera le pase pronto una canción.

Hay tantos recuerdos, hay tantas promesas entre los que caminamos en estos pasillos a la espera de abordar. El tiempo está a mi favor, vine temprano y puedo sentarme a escribir y saludar. Y con los sueños y la vida cerquita al cielo, uno reflexiona sobre el camino del amor, ese camino que lleva a que uno se vuelva loco de amor y haga locuras cargadas de mucha estupidez, ciega emoción, nulo tino, extensos textos y harta vulnerabilidad. Luego solo queda cargar con la culpa y la vergüenza, al ver las crueles consecuencias cuando te arriesgas y pierdes, porque era la persona equivocada ya que su locura es de otra, no por ti. 

Tanto tiempo ya pasó de eso, casi dos años. Hoy es un vistazo sónico, como el eco de un pirotécnico de fin de año, muchas horas después de medianoche. Y que intento decirlo para soltarlo y con esto recuperar de vuelta mi energía. Es momento.

Ya estoy despierto, ya vivo. Ya he transitado un camino de sanación muy duro, como para con calma recitar ahorita este mantra de deseos:

Deseo que estés bien
Deseo que estés feliz y en paz
Deseo que estés acompañada y segura
Deseo que tengas tu vida con amor.


Lo digo para ella al pasado, para mí al presente, para todos al futuro. El mejor tiempo está sincronizado con sonreír al momento ahora.

ANNV NOVM FAVSTVM FELICEM MIHI / feliz año nuevo para mí /.

26/2/16

Rosa





Rosa, luz de plateada de Cajamarca. Al calor de tus manos y tu sonrisa, recuerdo tu dulce halito preparando el fogón para un plato bajo la lluvia serrana de agosto. El caliente sabor de un huevo frito sobre arroz, el mayor plato de tal tipo que jamás me hicieron y que ya no pruebo, ya por decisión pero también por respeto a tu recuerdo. 


Rosa, tus ojos negros, tus chatos zapatos negros, tu cabello cenizo entre negras vetas de belleza. Fuiste bella de joven, bella de mujer, hermosa de mayor. No recuerdo, ni nadie recuerda de ti nada más que la protección y el amor intenso de una mujer por su familia. El cariño y la fuerza de estar sola por largo tiempo, cuidando de tus tierras y amando sus vacas lecheras. Es innegable que recibir por décadas tus envíos de queso mantecoso, serán por siempre un noble recuerdo de mi vida. Qué dulce sabor que hacían tus manos, que gran regalo que llevaba mi nombre al llegar a casa, tras el colegio, la universidad o el trabajo.


Rosa, brillo verde de El Prado. Recuerdo tus historias, tus arrugas y tu delgado cuerpo caminando despacio entre la tierra y el cielo despejado; de esa bravura de monte y árboles, entre ríos sonando frescos y piedras milenarias que subían de la entraña del mundo. Aquel que fue tu hogar, que fue hogar de mi papá. Donde cuidaste de mi papá de niño cuando enfermó, que le dabas leche y sopa verde al desayuno de grande, y que décadas luego me acogiste a mí en tu compañía, tras ser viuda.


Rosa, durante 19 años sobreviste a mi abuelo. Eras una flor con brillante nombre rojo. Tal un tallo sin espinas, un pétalo del prado, un olor como poesía. Piedra y amor importante para mi papá y por extensión también para mí.  La mujer centenaria que concibió al clan del cual formo parte. La mujer que sonreía al verme tan grande y con cabellos despeinados.


Rosa hoy ya descansas y debes estar yendo a otro viaje, en otra historia para ti, mi preciosa abuela. Que sea una bonita nueva historia, con nuevos renglones para tu alma y que tengas una feliz nueva vida. Con el tiempo comprenderé realmente la gran carga de tu existencia y el impacto de tu lejanía. Llevo en mí una extensión de tu sangre, el dibujo de tu sonrisa y el nombre de tu esposo. Te quiero, te rezo y te extrañaré abuela mía.


Tuyo, por ti.

3/10/08

de aquí al cielo

Chacas

Como a veces las malas noticias vienen en par, una lágrima de mi mamá y otra de mi papá se juntan para formar una plegaria:



Oh Señor está lloviendo y no me quejo La señorita duerme ahora de vestido azul bordado y labios carmesí. Y ella amaba el agua que podría respirar bajando del cielo. Mi dulce señorita que ahora ya no despertará, Se lleva en sus sueños secretos una historia de flor y celeste.

En alguna remota mañana de enero mi señorita fue bebé. Aire limpio y lluvia que limpia, era un tiempo entre montañas y la gran laguna que servía de espejo para nubes sobre aves. Celeste con nieves coronando montañas. Gladiolos a la ribera de pies mojados y helados. Su pueblo no tiene más de cinco calles y hay una casa cerca a la única plaza, con el balcón pintado de blanco nube; para ver el río y el sol despuntar en esos caminos tan empinados. Ese andar tirando para arriba le dio el carácter para no desfallecer cuando lo impredecible cobraba.

Niña, luego mujer. Desarrolló una natural coquetería y mucha vanidad. Vestidos lindos para salir a pasear, límpidos aretes y pétalos sobre el pelo para oler a paraíso. Caminaba entre las flores que derramaban olor en los enormes ojos azúcar que tenía. ¡Cómo le gustaba salir y conocer de la vida! Segura de que todo el color, todo el silencio y la pureza tenían enseñanzas eternas. Y el baile, cómo me contaban que te gustaba zapatear y hacer resonar tu gran alegría por vivir, por ser mujer, por ser enormemente completa.

Te casaste y tuviste siete hijos: seis mujeres y un hombre. Dejaste Chacas, pueblo natal, y llegaste a conocer el mar. Aquí hiciste una familia que tuvo para mí el efecto más esencial: tú me diste a mi mamá, señorita. Y la criaste con tus enseñanzas de color, de música, de sonrisas. Que luego ella pasó a mí, pero sin duda tú por ser mamá de mi mamá, estabas más cerca del origen de toda la sabiduría que me regó de niño. Tu especial toque para crear y enseñar. Eras bruja, eras magia.

Ese toque te apoyó cuando tuviste la desdicha de ser viuda con siete hijos menores. No retrocediste, y cual junco como siempre te gustaba cantar, aunque se dobla sigue en pie. Por esa fuerza, por ese amor, tú fuiste para 7 hijos la reina perfecta de un matriarcado. Nunca más te casaste, pero la coquetería no disminuyó con las arrugas. Acaso no creas que no te descubrí mirándote al espejo para acomodarte el cabello, alisar tus faldas y sonreír con orgullo.

Pasaron los años, tus hijos crecieron. Mi mamá se hizo mamá una vez, otra vez y la tercera me tocó a mí. Dicen que cuando me viste por primera vez, dijiste que lindita cosa morada. Ese fue nuestro inicio. Yo morado y sin pelos y tú riendo a carcajadas. Por suerte no existen fotos de ese instante, así quedará por siempre en los dos. Sólo los dos. Lo nuestro fue silencioso a pesar de las palabras, travieso a pesar de la lejanía. Me gustaba cuando de niño me acariciabas el pelo, tu mano con arrugas se sentía como cojines de algodón. Adorabas hablarme en quechua para despistarme y luego me traducías lo que me habías dicho. Te reías a carcajadas de mi ignorancia. Otra vez, me diste una cachetada cuando me atrapaste estirando un gatito al sol. Así me enseñaste a respetar y querer: primero, siempre habrá algo que cualquiera te puede enseñar. Segundo, es mejor querer que lastimar.

Y yo te llamé señorita, y tu respondías coquetería con sonrisas. Tu estampa era reírte de los achaques de la edad: tus serenas ocurrencias. Dormir en tu patio a mitad de la tarde. Ser pequeña y sólo preferir ganchos negros sobre tus largos cabellos canos ¡Cuánto extrañaré jugar con tu blancura! Mi señorita de paso lento mientras yo crecía. Decías que necesitabas una silla para darme un beso en la mejilla, yo siempre respondía que siempre me agacharía. Pero al crecer dejé de verte tan seguido. Y sin saberlo, como lo es el paseo de las últimas veces, la última vez que nos vimos te regalé flores amarillas y orquídeas. Tus favoritas.

Ahora duermes. Tú que siempre contabas todo a tu manera, me gustaría saber que dirías de haberte ido. Me quedaron tantas preguntas, tantas alegrías para darte. Te extrañaré mucho, señorita abuela. Descansa.